IV. Los extremos. Por Bianca Atwell

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El pensador de Rodin

A veces necesitamos decirnos a nosotros mismos “No sé”. Facebook es una maravillosa herramienta para estudiar las tendencias y cómo éstas se disparan en forma viral con la contribución de cada uno de los usuarios al compartir las noticias y publicaciones.

Algunos, lo usan a conciencia y antes de compartir algo, lo leen y lo filtran a través de su propia perspectiva.

Otros, comparten con solo leer el titular, bien porque les parece que a sus contactos va a interesarle, o bien porque es un tema que está en boga o porque está dentro de los temas de interés propios y eso ya les es suficiente motivo aunque no se tomen el tiempo de leerlo.

En muchos otros casos lamentablemente, aparte de convertirse en agentes comunicadores (sin paga) de información que fue originada con un interés comercial, expanden a troche y moche la publicidad, sin que ésta siquiera esté advertida como tal, y estratégicamente escondida en un pretendido “documental”.

Pero éstos casos anteriores no me preocupan ni me sorprenden. Corresponden al devenir lógico de una red social. Lo que realmente me dispara la alerta es qué fácilmente una persona usando Facebook se convierte en extremista de la información, poco a poco y sin tener consciencia de ello.

Es decir, se toma una postura, un dogma, una religión y le da, le da y le da sin parar, comenzando un proceso de autoconvencimiento de ideas extremas, nada equilibradas y que solo permiten ver la vida desde un limitado punto de vista.

Pero después viene la experiencia real. Y todo cambia.

Recuerdo a una vieja conocida que ha dedicado toda su vida a militar por “una vida más espiritual”, “un mundo de paz” “el respeto y el amor por el prójimo” y un odio exagerado en contra de “cualquier medicamento proveniente de un laboratorio”.

Lo que sucedió es que siguiendo sus principios “irreprochables” preparó un parto natural para tener a su hija y en su casa. Pidió una comadrona y por supuesto con toda la seguridad del mundo les dijo a todos que ella respetaría sus principios y que no tendría cesárea ni epidural por nada del mundo porque eso era “inmoral”.

Esta mujer que estaba tan convencida de sus principios, que había hecho de la información recibida un dogma y que había dedicado su vida a dar cursillos de moral, espiritualidad y naturismo, a la hora del parto estaba puteando con decenas de insultos a la comadrona y a todos los presentes, exigiéndole la epidural porque se “moría” de dolor. Como la comadrona se negó a dársela, la atacó sin más, a golpes.

-¡Dame cualquier cosa!, ¡Dame lo que sea! ¡No aguanto más este dolor!.

A veces, la vida nos demuestra que tenemos que ser un poco más flexibles con eso que creemos que es “la verdad”.

Está bien defender lo que creemos que es cierto, pero a veces nos quedamos atrapados en los extremos. Y los extremos muchas veces dañan a la misma naturaleza de lo que defendemos a “capa y espada”.

(Bianca Atwell)

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